EL RETRATO OVAL (relato)

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 – Baltimore, 1849)

Era una doncella de extraordinaria belleza y tan amable como llena de alegría. Y fue maldita la hora en que se vio, amó y casó con el pintor. Él, apasionado, estudioso, austero, había ya encontrado esposa en su arte; ella, una joven de rarísima belleza y no menos amable que llena de alegría; era toda ella luz y sonrisas y juguetona como un joven fauno; le gustaban todas las cosas; no odiaba más que el arte que era su rival; no temía más que a la paleta y los pinceles y demás instrumentos enfadosos que la privaban de la vista de su adorado.

Fue por eso una cosa terrible para esta dama oír al pintor hablar del deseo de retratar a su joven esposa. Pero era humilde y obediente, y se sentó sumisa durante largas semanas en la sombría y elevada habitación de la torre, en donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo, solamente desde el techo. Entretanto él, el pintor, ponía su gloria en su obra que adelantaba de día en día y de hora en hora. Y era éste un hombre apasionado y extraño y pensativo, que se perdía en sus divagaciones, hasta tal punto que no quería ver que la luz que caía tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los espíritus vitales de su mujer, que languidecía visiblemente para todo el mundo, excepto para él. Sin embargo ella sonreía siempre, y siempre sin lanzar una queja, por que veía que el pintor ( que tenía gran renombre ) experimentaba un vivo y ardiente fervor en su tarea y trabajaba día y noche para pintar a la que tanto amaba, pero que cada día se ponía más lánguida y débil. Y en verdad, los que contemplaban el retrato hablaban en voz baja de su parecido, como de una sorprendente maravilla y como de una prueba no menos grande de la potencia del profundo amor del pintor hacia la que estaba retratando tan milagrosamente bien. Pero a la larga, como la tarea se acercaba a su término, nadie fue admitido a visitar la torre; por que el pintor se había vuelto loco a causa del ardor de su trabajo, y rara vez apartaba sus ojos del lienzo, ni aun para mirar al rostro de su mujer.

No quería ver que los colores que extendía sobre el lienzo eran arrancados de las mejillas de la que estaba sentada junto a él.

Y cuando hubieron pasado muchas semanas y no quedaba casi nada que hacer, a no ser un ligero toque en la boca y una pincelada en un ojo, el espíritu de la dama palpitó aún, como el cabo de una vela que va a apagarse.

Y entonces se dio el toque en la boca y la pincelada en el ojo; y durante un momento el pintor quedó en éxtasis delante del trabajo que había realizado; pero un minuto después; como la contemplase aún, tembló, se puso pálido y se llenó de terror, gritando con voz fuerte y vibrante:

-¡En realidad es la vida misma!

Se volvió bruscamente para mirar a su amada: ¡estaba muerta!

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2 comentarios en “EL RETRATO OVAL (relato)

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