Bram Stoker, Vlad Tepes y la leyenda del vampiro (Parte II)

Continuación de la Parte I

El que su novela, publicada en Londres en 1897, tuviera una difusión tan grande se debe a que Stoker supo elaborar elementos sobrenaturales con suma verosimilitud. El carácter documental del libro, los apuntes del diario, el protocolo y las cartas, la exacta descripción del viaje en ferrocarril y en barco, y los detalles geográficos sugerían tanta legitimidad como la elección de Transilvania –lugar donde, de hecho, se sospechaba desde hacía mucho tiempo de la existencia de vampiros- para la residencia habitual de su supervampiro. El nexo entre el vampiro y la historia real acabó de otorgar autenticidad a su relato y lo convirtió en una amenazadora advertencia, ya que la veracidad de los hechos podía ser comprobada. La publicidad editorial no se cansó de acentuar precisamente este aspecto:

                < Bram Stoker no ha inventado la figura del vampiro; ésta es tan antigua como la humanidad misma y puede hallarse en las leyendas de casi todos los países. Todo lector recibe una impresión imborrable de las terribles posibilidades que se esconden en la existencia humana >.

                A raíz de la publicación de la novela, se incrementó la demanda de “información” más sólida con la aparición de curiosos productos como el Vampirismo moderno: sus peligros y cómo evitarlos, de A.O. Eaves (en el que, además de las acreditadas ristras de ajos, se recomienda incluso el ácido nítrico como método de defensa contra los vampiros), lo cual demuestra que la novela no fue entendida como una ficción, sino como el relato de una realidad. El efecto provocado por la leyenda realista del vampiro fue luego aprovechada por Béla Lugosi, actor que encarnó a Drácula, un húngaro que, merced a un tratamiento personal, supo sacar gran provecho del hecho de provenir de un país en el que no faltaban vampiros.

                La obra de Stoker fue la novela de vampiros que más éxito obtuvo, y su protagonista se convirtió sin duda en sinónimo de vampiro. En 1925, Drácula fue adaptada al teatro y representada con gran éxito en Londres y Nueva York. El 14 de septiembre de 1927, se habían realizado ya 250 representaciones. Para lograr un clima de autenticidad, cada asistente recibía un misterioso paquetito negro, que, además de un ejemplar del relato de Stoker, contenía un murciélago que salía volando una vez abierto el paquete.

                Pero la verdadera fama del conde hematófago se consiguió con la película. No es preciso referir aquí la historia de las películas de vampiros, que no es sólo de los filmes de Drácula, puesto que ya ha sido escrita hace mucho. Por lo tanto, sólo cabe nombrar algunas etapas significativas que marcaron de un modo decisivo la imagen de Drácula.

Nosferatu, el vampiro, rodada en 1922 por Friedrich Wilhelm Murnau (seudónimo de F.W. Plumple), con Max Schreck en el papel del conde fue una de las películas mudas más importantes del cine alemán. A pesar del título discordante, se trata de una adaptación de la novela de Stoker, el clásico del género.

                Drácula, rodada en 1930 bajo la dirección de Ted Browning, es la versión norteamericana en al que por primera vez Béla Lugosi representa el maligno vampiro. Antes había contribuido ya al éxito de la versión teatral norteamericana. Según dicen, Béla Lugosi se habían identificado hasta tal punto con el papel de Drácula que pidió ser enterrado con capa rojinegra. Lugosi pasó a ser el prototipo fílmico del vampiro. Otros filmes en los que intervino en el papel del conde son La marca del vampiro, dirigida por Ted Browning en 1935; La hija de Drácula, dirigida por Lambert Hilliger en 1936; El murciélago diabólico, dirigida por Jean Yarbrough en 1940; El regreso del vampiro, dirigida por Lew Landers en 1943 y La hija del murciélago diabólico, dirigida por Frank Wisbar en 1946.

                A finales de la década de los cincuenta, la pequeña productora Hammer-Productions creó una serie sobre Drácula. El conde fue encarnado por Christopher Lee, que había heredado el anillo “mágico” de Béla Lugosi, lo cual en cierto modo le confería el carácter de sucesor. Lee también ostentaba rasgos misteriosos. Provenía de una familia noble italiana y afirmaba que su árbol genealógico se remontaba a Carlomagno. Su debut como el conde vampiro fue su primer papel como protagonista y su última oportunidad en el negocio del cine, ya que durante más de diez años había representado papeles secundarios. Los mejores filmes de este ciclo “vampirista”, de doce años de duración fueron: Drácula, 1958, dirigido por Terrence Fisher; Drácula, Príncipe de las Tinieblas, 1965, también realizado por Fisher; Drácula vuelve de la tumba, 1968, bajo la dirección de Freddie Francis.

                En el año 1979 hubo un renacer de las películas de vampiros, y Drácula volvió tres veces más a la pantalla. El gran místico alemán Werner Herzog se unió con el célebre Klaus Kinski para realizar Nosferatu, fantasma de la noche, un filme que muchos críticos consideraron como un verdadero himno. El Drácula hollywoodense de John Badhams, con el bello Frank Langella como protagonista, prometía en principio algo novedoso al presentar al conde presa de un mal romántico – melancólico a lo Byron -. La concepción, estimulante de por sí, fue sin embargo torpedeada por un exceso de violaciones estilísticas. Stan Dragoti, con su Amor al primer mordisco (George Hamilton en el papel de Drácula) aportó una parodia sobre los filmes de vampiros que, por desgracia, no pudo aventajar al insuperable clásico del género de sátiras sobre Drácula: El baile de los vampiros, de Roman Polansky (1966).

                Sin duda, los Dráculas de los filmes, sujetos a reglas y siempre aniquilados por sus adversarios, despiertan un pobre horror, a diferencia de la poderosa actitud que, en cambio, encarna Vlad Tepes. Drácula, el vampiro, es, en el fondo, un personaje privado, cuyos modales están tomados del repertorio de la cortesía burguesa. Debe desempeñar el papel de un amable anfitrión, o de un amante encantador, para atraer a sus víctimas. Los lugares que elige para ello son acordes con su propósito. Cementerios, castillos semiderruidos, sótanos sombríos, precisamente escondrijos en los que no se le puede atrapar porque, de lo contrario, sería desenmascarado.

                Por el contrario, Vlad Tepes es todo publicidad. Cuando mata lo hace a la luz del día, todos deben verlo y sentir miedo. Es en todo momento amo de la vida y de la muerte, y nadie se atrevió a disputarle ese derecho. Basta una orden suya para que cunda la muerte, y basta con que exprese un deseo para que se conceda una gracia. El vampiro necesita del demonio, lo evoca, está asociado a él. En su absolutismo, Vlad Tepes no necesita semejante ayuda, él es la ira de Dios; de lo contrario, ¿quién estaría de su lado?

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