Desear, poseer, enloquecer

Por Umberto Eco.

Dice la leyenda que un día Gerbert d’Aurillac, o sea Silvestre II, el Papa del año Mil, consumido por su amor por los libros, compró un inhallable códice de la Farsalia, de Lucano, a cambio de una esfera armilar de cuero. Gerbert no sabía que Lucano no había podido terminar su poema por culpa de Nerón, que lo había invitado a cortarse las venas. De tal manera que, al recibir el precioso manuscrito, lo halló incompleto. Todo buen amante de los libros, después de haber cotejado un códice, si lo encuentra incompleto, no hace sino devolverlo al librero. Gerbert, para no privarse al menos de la mitad de su tesoro, decidió mandarle a quien le había entregado el códice, no la esfera entera, sino la mitad.

Para mí esta historia es admirable, pues nos dice claramente qué es la bibliofilia. Gerbert, por cierto, quería leer el poema de Lucano -y esto ya nos dice mucho del amor por la cultura clásica en esos siglos que nos empeñamos en considerar oscuros-, pero si ése hubiese sido su único deseo, habría pedido prestado el libro. Él, en cambio, quería poseer esos folios, tocarlos, olerlos quizás cada día y sentirlos como algo propio. Y cuando un bibliófilo, tras haber tocado y olido, se percata de que su libro es manco, por más que le falte sólo el colofón o una simple hoja de errata, tiene la sensación de un coitus interruptus. Que el librero le mande de vuelta el dinero (o acepte la mitad de la esfera armilar) no remedia, sin embargo, su dolor. Él sabe que podría haber tenido en sus manos la primera edición, con márgenes amplios y sin manchas ni hojas apolilladas; su sueño se desvanece; sus manos sostienen un libro discapacitado, mutilado; ninguna indulgencia al politically correct podrá convencerlo de que debe amar a esa criatura desventurada.

La bibliofilia es ciertamente el amor por los libros, aunque no necesariamente por su contenido. Claro que hay bibliófilos que coleccionan por temas e incluso leen los libros que adquieren. Pero para leer todos esos libros hay que ser un ratón de biblioteca. El bibliófilo, aun cuando se interese por el contenido, desea ante todo el objeto y, si es posible, el primero que haya salido de los tórculos de la imprenta. Hasta tal punto que hay bibliófilos (a quienes, pese a comprenderlos, desapruebo) que, teniendo en sus manos un libro intonso, no cortan sus hojas para no violar el objeto que han conquistado. Para ellos, cortar las hojas a un libro raro sería como, para un relojero, romper la caja de un reloj para observar su mecanismo.

El amante de la lectura o el estudioso aman subrayar los libros contemporáneos, justamente porque con el pasar de los años un cierto tipo de subrayado, un signo hecho en el margen o una variación entre tinta negra y roja les recuerdan una experiencia de lectura. Yo poseo una Philosophie du Moyen Age, de Étienne Gilson, de los años cincuenta, que me acompañó desde los días de mi tesis de licenciatura hasta hoy. El papel de entonces era realmente infame, el libro se deshace en migajas ni bien lo toco o paso la hoja. Si para mí no fuera más que un instrumento de trabajo, a esta altura habría comprado una nueva edición que, por otra parte, se encuentra en edición económica. Podría, incluso, tardar sólo dos días en volver a subrayar todas las partes señaladas, reproduciendo los colores y el estilo de mis anotaciones, que cambiaron a lo largo de los años y de las relecturas. Pero no puedo resignarme a perder esa copia que, con su frágil vetustez, me trae a la memoria los años de mi formación y los que siguieron y que es por lo tanto una parte de mis recuerdos.

¿Es necesario subrayar, aunque sólo sea al margen, los libros raros? En teoría, una copia perfecta, si no es intonsa, debe tener márgenes amplios, debe ser blanca y las hojas deben crujir entre los dedos. Una vez, sin embargo, compré un Paracelso de escaso valor como objeto de anticuario, porque se trataba de un solo volumen de la primera edición de la opera omnia compilada por Huser entre 1589 y 1591. Si la obra no está completa, ¿dónde está el placer? Se trata de un libro cosido y encuadernado en cuero de época, con el lomo en relieve, con un color uniforme de las hojas no obstante su edad, con firma manuscrita en el frontispicio, atravesado desde la primera hasta la última página por un subrayado rojo y uno negro, con notas al margen contemporáneas al texto, con títulos en mayúsculas rojas y florilegio latino del original alemán. El objeto es bellísimo: las notas se confunden con el texto impreso y a veces lo hojeo por el placer de volver a vivir la aventura intelectual de quien, en calidad actual de testigo, lo ha marcado con sus propias manos.

Todo ello es signo, entonces, de que la bibliofilia es amor al objeto-libro, pero también de su historia, como atestiguan los precios de los catálogos que privilegian algunas copias que, aunque imperfectas, llevan la marca de la posesión. Quienquiera que se precie de bibliófilo desea el libro más bello que jamás haya sido impreso, la Hypnerotomachia Poliphili, de Francesco Colonna, y la desea perfecta, sin manchas y sin apolilladuras, con márgenes amplios y, si fuese posible, con tablas que se desdoblan, como me aseguran que existe todavía en algún lugar. ¿Pero qué no haríamos nosotros y los anticuarios si supiésemos que circula una copia con densas notas de James Joyce escritas en gaélico? No vayan a creer ahora que, confiando en la futura valorización durante los próximos siglos de mi copia de laHypnerotomachia, ha de agitarme una hybris tan descabellada como para querer arruinarla con un simple bolígrafo. Pero admito que, si me toca estudiar con un libro raro, me atrevo a hacer anotaciones al margen y con lápiz, lo bastante delicadas como para que un día puedan borrarse con la goma, y eso me ayuda a sentir el libro como una cosa mía. ¿Soy, por lo tanto, un bibliófilo o un bibliómano?

¿Cuál es la diferencia entre un bibliófilo y un bibliómano? La literatura al respecto es inmensa y, por extrañas razones, si los franceses escribieron cosas egregias en el siglo pasado, la bibliografía de los books on books es, en el siglo que acaba de terminar, característica de los anglosajones. Dado que en esta conversación que estoy manteniendo con ustedes no tengo intención alguna de realizar una tarea erudita, me limitaré a citar, en lo que concierne a la bibliomanía, dos libros: A Gentle Madness, de Nicholas A. Basbanes y, para quien esté interesado en un sosegado y agudo discurso acerca de la bibliofilia, el reciente Collezionare libri, de Hans Tuzzi.

Para establecer una línea divisoria entre bibliofilia y bibliomanía daré un ejemplo. El libro más raro del mundo, en el sentido de que probablemente no existen más copias en circulación en el mercado, es también el primero, la Biblia de Gutenberg. La última copia circulante fue vendida en 1987 a compradores japoneses por algo así como seis millones de dólares. Si apareciese una nueva copia, no valdría seis millones de dólares sino cientos o miles de miles. Por eso, todo coleccionista tiene un sueño recurrente: encontrar una viejita de noventa años que esté tratando de vender un viejo libro que tiene en casa, sin saber qué es, contar las líneas, ver que son efectivamente cuarenta y dos, y descubrir que es una de las Biblias de Gutenberg; después, entonces, calcular que a la viejita le quedan pocos años de vida y que necesita de curas médicas, decidir ahorrarle el encuentro con un librero deshonesto que quizás le daría sólo algunos miles de dólares (ella contentísima), ofrecerle en cambio cien mil dólares con los cuales ella, extasiada, renovaría su vestuario hasta el día de su muerte, y conseguir así un tesoro para la propia casa.

Y después, ¿qué sucedería? Un bibliómano guardaría la copia secretamente para sí, y ojo con mostrarla, pues se pondrían en movimiento los ladrones de medio mundo; y entonces, la hojearía solo, de noche, como Tío Rico cuando se baña en sus dólares. Un bibliófilo, en cambio, querría que todos la vieran y supieran que es suya. Más tarde, escribiría al intendente de su ciudad, le pediría que hospedara el libro en el salón principal de la biblioteca comunal, pagando él mismo los enormes gastos de seguro y vigilancia, y reservándose, como máximo, para sí mismo y sus amigos, el privilegio de ir a verla sin hacer la fila cada vez que así lo deseen. Pero ¿en qué consiste el placer de poseer el libro más raro del mundo, sin la posibilidad de levantarse a las tres de la mañana para ir a hojearlo? Éste es el drama: tener la Biblia de Gutenberg es como no tenerla. Y entonces ¿qué sentido tiene soñar con esa utópica viejecilla? Y bien, el bibliófilo sueña siempre con ella, como si fuera un bibliómano.

Existen tres formas de “biblioclastia”, es decir, de destrucción de los libros: la biblioclastia fundamentalista, la biblioclastia por incuria, y aquella por interés. El biblioclasta fundamentalista no odia los libros como objeto, teme por su contenido y no quiere que otros los lean. Además de un criminal, es un loco, por el fanatismo que lo anima. La historia registra pocos casos excepcionales de biblioclastia, como el incendio de la biblioteca de Alejandría o las hogueras nazis. La biblioclastia por incuria es la de tantas bibliotecas italianas, tan pobres y tan poco cuidadas, que a menudo se transforman en espacios de destrucción del libro, porque una manera de destruir los libros consiste en dejarlos morir y hacerlos desaparecer en lugares recónditos e inaccesibles. El biblioclasta por interés destruye los libros para venderlos por partes, pues asíobtiene mayor provecho. Imaginemos que un bellísimo atlas del siglo xvi, con doscientos cincuenta mapas hechos a mano, cueste cien mil dólares. En general, el librero honesto sólo vende mapas si los ha encontrado por separado o los ha extraído de copias incompletas, que sólo sirven para el destrozo. Yo recuerdo un Mr. Salomon, hoy muerto, que tenía un negocio en la Novena Avenida, en Nueva York, y que sostenía que él era un vándalo democrático. “Usted no puede permitirse -decía- una Crónica de Nüremberg. Yo le encuentro una copia incompleta, la separo y vendo una tabla por cien dólares”.

Pero si un comerciante deshonesto destroza el atlas de cien mil dólares y vende por separado los ciento cincuenta mapas, incluso a setecientos cincuenta dólares cada uno (y basta leer los catálogos para darse cuenta de que eso sucede), ha ganado doscientos cincuenta mil dólares. Naturalmente, la copia completa que aparecerá luego en el mercado se volverá más rara, costará el doble, y también el doble costarán los mapas sueltos. Así, de golpe, es como se destruyen obras de valor inconmensurable, se obliga a los coleccionistas a hacer sacrificios insostenibles y se aumenta el valor de los mapas sueltos. No hay manera alguna de obviar este vandalismo aristocrático. Alguien ha propuesto un pacto de honor entre libreros, y entre libreros y coleccionistas, con el objeto de que ninguno compre y venda mapas sueltos, pero yo encontré, hace ya algunos años, un mapa del Coronelli a precio accesible y no me resistí a la tentación de tenerlo en mi estudio. Es obvio que intenté autoconvencerme de que circulaba suelto desde hace quizás muchos años y que, por lo tanto, yo no era responsable de la destrucción de una obra completa.

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