Así era nuestro Jorge (Ibargüengoitia)

En los últimos meses ningún autor me ha despertado tanto gusto de leerlo, y admiración, como lo ha conseguido Jorge Ibargüengoitia (1928-1983). Su narrativa ingeniosa, divertida  y sobre todo aguda, me da momentos de una lectura llevadera, con una crítica social de lo más interesante. No dudo cuando digo que si se quiere conocer a México, hay que leer a Jorge.

En cambio, si queremos conocer la intimidad del autor nadie mejor que su esposa, la pintora Joy Laville, para contarnos cómo era Jorge.

Jorge

(Extraigo de la obra del autor Instrucciones para vivir en México –1990-, este invaluable texto).

LLEVABA UN SOL ADENTRO.

Jorge estaba trabajando en una novela que, tentativamente iba a llamarse Isabel cantaba, cuando llegó la invitación para el encuentro de escritores en Colombia. Camino a ese encuentro, ya se sabe, ocurrió el accidente. Jorge había dudado al principio: no quería interrumpir el trabajo de su libro. Sin embargo, cuando la hora de tomar una decisión llegó, él estaba en un momento de su novela en el que tenía que detenerse y comenzarla de nuevo. Eso era normal ya que así trabajaba él, deteniéndose de vez en cuando y comenzando todo otra vez. Algunas veces tardaba varios días en tener una idea clara de por dónde dirigiría la nueva corriente  de su historia. Pero una vez que encontraba la solución nada lo detenía y cambiaba muchísimo su versión anterior. Algún personaje secundario se convertía en protagonista, otro que antes era asesinado esta vez era el asesino. Cambiaba a sus personajes incluso físicamente.

Vivíamos en París desde hacía algunos años, sin frecuentar a mucha gente. No pocas de las cenas que hacíamos en casa con amigos fueron cocinadas por Jorge. Le gustaba inventar recetas y mezclaba, con mucho acierto según nuestros amigos, la cocina italiana con la mexicana. Hacía muchos platos diferentes y disfrutaba especialmente hacer las compras para la cena. Sobre todo con la vida de barrio que hay en París, donde cada uno de los comerciantes (el de los quesos, el de los vinos, el del pan) ya conocía a Jorge, lo aconsejaba y lo complacía en sus gustos. Había un vendedor de periódicos que se parecía increíblemente a un tío suyo de Guanajuato. Jorge no dejaba de divertirse con el parecido y llegó a tener un trato cordial con ese hombre. Muchas veces hacía un recorrido un poco más largo para comprarle a él los periódicos en vez de adquirirlos en la esquina.

A Jorge le gustaba mucho caminar en París. Se convirtió en lo que los franceses llaman un flaneur: alguien que pasea por las calles disfrutando muchísimo todo lo que se ve, sin un rumbo muy fijo y disponible siempre a la sorpresa. Caminar al lado del río era un gran placer, así como recorrer los puestos de bouquinistes: los libreros de viejo que tienen sus pequeños puestos sobre los muelles del Sena. Hay algunos barrios en los que las calles mismas son muy agradables y Jorge llegó a conocer muy bien la ciudad. Hacía sus caminatas generalmente por las tardes, porque en las mañanas escribía y era muy riguroso consigo mismo en la continuidad de su trabajo. Por las mañanas cada uno se hacía su propio desayuno. El mío era muy escueto mientras que a Jorge le gustaba que fuera más bien abundante. Luego escribía en su estudio durante toda la mañana. Su mesa estaba al lado de una ventana desde la cual se veía un colegio de señoritas. Cuando ellas salían de sus clases a la calle, Jorge interrumpía su trabajo y se quedaba viéndolas. Me recordaba entonces al personaje de la novela Lolita; y él se divertía mucho cuando se lo mencionaba. Cuando interrumpía su trabajo al mediodía se acercaba a mi estudio y me ofrecía un tequila. Tomábamos siempre algo juntos antes de comer. Después él leía o escribía un poco, o salía a pasear. Mantenía su estudio con un orden meticuloso. Escribía con máquina y le fascinaban todas las cosas que venden en las papelerías. Sus expedientes y cuadernos de notas eran también muy ordenados. Siempre acompañaba su trabajo en las novelas con un cuaderno de reflexiones sobre el desarrollo de la trama y sus personajes. Disfrutaba enormemente el largo proceso de escribir y reescribir sus libros. Era un hombre fundamentalmente alegre: llevaba un sol adentro. Jorge era agudo, dulce y alegre.

JOY LAVILLE
(Vuelta, marzo de 1985)

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