El promontorio del sueño, de Victor Hugo

Les comparto varios extractos de este curioso libro de una de las mentes más brillantes del siglo XIX. Un libro donde el sueño, el sonambulismo, la creación del arte, la misma naturaleza humana, se confabulan como un ensayo para demostrarnos la complejidad de la mente humana y nos da una muestra del profundo conocimiento del autor.

Ya que a nadie le ha sido concedido escapar del sueño, aceptémoslo. Tratemos únicamente de que sea bueno. Los hombres odian, brutalizan, golpean, mienten. Fíjate en cualquier civilización, antigua o moderna, fíjate en cualquier siglo, el tuyo o cualquier otro, y no verás más que impostores, batalladores, conquistadores, truhanes, asesinos, verdugos, malvados, hipócritas; todo eso sonámbulo. Déjalos con sus encarnizamientos y sus satisfacciones en su nube sangrienta. Deja a las cosas violentas y a las cosas ciegas su inútil furia de huracán. Las pasiones del hombre en tempestad, ¡qué lástima, y con qué fin! Simulacros persiguiendo quimeras. Déjales su sueño a esos fantasmas. Tú, comparte el pan con los niños, mira si alguien a tu alrededor va con los pies desnudos, sonríe a las madres que crían a la puerta de las chozas, paséate sin malevolencia por la naturaleza, no aplastes sin saber por qué la flor de la hierba, perdona a los nidos de pájaros, examina de lejos a los pueblos y de cerca a los pobres. Levántate para trabajar, acuéstate con la oración, duerme del lado de los desconocido, ten por almohada al infinito. Ama, cree, espera, vive, sé como el que tiene una regadera en la mano, sólo que tu regadera sea de buenas obras y de buenas palabras. No te desanimes, sé mago, sé padre, y si tienes campos, cultívalos, y si tienes hijos, edúcalos, y si tienes enemigos, bendícelos, con esa dulce autoridad secreta que concede al alma la paciente espera de auroras eternas.

El poeta completo se compone de tres visiones: humanidad, naturaleza, sobrenaturalismo. Para la humanidad y la naturaleza, la visión es observación; para el sobrenaturalismo, la visión es intuición.
Es necesaria una precaución: llenarse de ciencia humana. Hay que ser hombre ante todo y por encima de todo. No hay que temer sobrecargarse de humanidad. Lastrad vuestra razón de realidad y luego echadla al mar.
El mar es la inspiración.

¿Quién no ha visto en las altas hierbas de la primavera un drama horrible? El abejorro de mayo, pobre larva informe, ha volado, revoloteado, zumbado. Ha tenido sus encuentros, ha topado con muros, árboles, hombres, ha ramoneado en todos los árboles en los que ha encontrado verdor, se ha golpeado contra todos los vidrios en los que ha visto luz. No ha sido la vida, sólo el tanteo probando de vivir. Un buen día, cae. Tiene ocho días, es centenario. Se arrastraba por el aire, ahora se arrastra por tierra. Trepa agotado entre matas y musgos, las piedras lo detienen, un grano de arena lo enreda, la menor espiguilla de gramíneas se convierte en obstáculo. De repente, a la vuelta de una brizna de hierba, un monstruo cae sobre él. Es una bestia que estaba ahí, emboscada, un necróforo, un escarabajo espléndido y ágil, verde púrpura, llama y oro, una pedrería armada que corre y tiene garras. Es un insecto de guerra, con casco, acorazado, con espuelas, encaparazonado: el caballero salteador de la hierba. Nada más formidable que verlo salir de la sombra, brusco, inesperado, extraordinario. Se precipita sobre el transeúnte. El viejo ya no tiene más fuerzas, sus alas están muertas, ya no puede escapar. Sucede entonces algo terrible. El feroz escarabajo le abre el vientre, hunde allí su cabeza, luego su coselete de cobre, hurga y excava, desaparece más de medio cuerpo en ese ser miserable y lo devora allí mismo, vivo. La presa se agita, se debate, se esfuerza con desespero, se aferra a las hierbas, estira, trata de huir, y arrastra al monstruo que la está devorando. Así es el hombre preso de una demencia. Hay soñadores que son ese pobre insecto que no ha sabido volar y que no puede caminar. El sueño, deslumbrante y espantoso, se lanza sobre ellos y los destruye.

Así pues, soñad, poetas. Soñad, artistas. Soñad, filósofos. Sed soñadores, pensadores. La ensoñación es fecundación. Pero no olvidéis esto: el soñador tiene que ser más fuerte que el sueño. De otro modo, peligro. Todo sueño es una lucha. Lo posible no aborda lo real sin no sé qué misteriosa cólera. Un cerebro puede estar corroído por una quimera.

Debo aclarar que no es una lectura sencilla, por momentos abruman tantos datos históricos y mitológicos que Victor Hugo menciona, pero este viaje al promontorio del sueño a través de una de las mentes más brillantes de la literatura universal es por demás muy interesante.

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Un comentario en “El promontorio del sueño, de Victor Hugo

  1. Pingback: Mis lecturas (junio-julio) | Poecraft Hyde

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