El campesino Maréi, de Fiódor Dostoievski

Les comparto este hermoso cuento, de mis favoritos, donde un recuerdo infantil puede despertar la compasión y la empatía de un hombre de edad, cambiando así la perspectiva del mundo que lo rodea. Maravilloso.

∞   ∞   ∞

Voy a contarles una anécdota. ¿Es realmente una anécdota? Más bien es un recuerdo…
Era yo entonces un niño de nueve años… Pero no, quiero mejor comenzar por la época en que era un joven de veinte años.
Era el lunes de Pascuas. El aire era cálido; el cielo, azul; el sol brillaba, resplandeciente, en lo alto del cielo; pero yo estaba triste. Rondaba en torno a los cuarteles de una casa de fuerza; contaba las estacas de la sólida empalizada que rodeaba la prisión.
Desde hacía dos días la casa de los detenidos, si es que así podía decirse, estaba de fiesta. A los presidiarios no se les llevaba al trabajo; muchos de los detenidos estaban borrachos, estallando riñas por todas partes; gritaban canciones obscenas; se jugaba a las cartas, ocultándose; algunos deportados estaban tendidos, medio muertos, después de haber sufrido malos tratos por parte de sus compañeros. Los que habían recibido golpes demasiado graves se los ocultaban bajo pellizas de piel de cordero y se les dejaba que se reanimasen como pudieran. Más de una vez se habían desenvainado los cuchillos… Todo aquello me había hundido, desde que las fiestas duraban, en una especie de enfermiza desolación. Siempre había sentido horror al libertinaje y a las agitaciones populares, y sufría más allí con ello que en cualquier otro lugar. Durante las fiestas las autoridades de la cárcel no visitaban los edificios, no hacían revisiones, no confiscaban el alcohol, conviniendo en que era preciso dejar a los pobres diablos de galeotes alegrarse por lo menos una vez al año. Mi asco hacia aquellos desgraciados reprobos se transformaba poco a poco en sorda cólera, cuando me encontré con un polaco, un tal M.. cki, detenido político. Me miró con aire sombrío; sus ojos estaban llenos de rabia, temblaban sus labios. ” ¡Odio a esos bandidos! “, gruñó a media voz, en francés; después se separó de mí.
Volví a la prisión, y lo primero que vi fueron seis robustos mujiks que se lanzaban juntos sobre un tártaro llamado Gazine, al que comenzaron a golpear cruelmente. Este hombre estaba borracho, y le golpeaban como si fuese de yeso; un buey o un camello hubieran hallado la muerte bajo semejantes golpes; pero sabían que aquel hércules no era fácil de matar, y daban golpes encima llenos de gozo. Un instante después vi a Gazine extendido sobre un camastro e inanimado ya. Yacía él también cubierto con una piel de cordero, y todo el mundo pasaba en silencio tan lejos como podía de su cama. Se esperaba que volvería en sí hacia la mañana; pero, como algunos decían: “¡Maldición, después de los golpes que ha recibido bien podría reventar de la paliza!”
Volví al sitio donde se encontraba mi camastro, frente a una ventana provista de una reja de hierro, y me tendí de espaldas, cerrados los ojos. Si fingía dormir no vendrían a molestarme. Quería olvidar, pero no podía dormirme; mi corazón latía terriblemente, y las palabras de M…cki resonaban en mis oídos: “¡Odio a esos bandidos!”
Pero… ¿para qué describir estas impresiones? Muchas veces vuelvo a sentirlas en sueños, y son mis más horribles pesadillas…
Se notará que hasta hoy casi nunca he hablado de mis años pasados en presidio. Los Recuerdos de la Casa de los Muertos que publiqué hace quince años, parecen la obra de un personaje fantástico; los daba como redactados por un noble ruso, asesino de su mujer… Sobre esto añadiré que todavía son hoy muchas las gentes honradas que creen que se me envió a Siberia por el asesinato de mi mujer…
Mas he aquí que me extravío, como me extraviaba entonces, en mis ideas… Durante esos cuatro años de presidio volví a ver sin cesar mi pasado. Los recuerdos renacían por sí mismos, y raras veces he podido evocarlos de nuevo voluntariamente. Arrancaban de un punto cualquiera de mi historia, a veces de un suceso sin importancia, y poco a poco el cuadro se completaba dándome la impresión fuerte, profunda y completa de mi vida…
Pero aquel día volví a ver cosas muy remotas, hasta el momento de mi primera infancia. Me volví a ver de nueve años en medio de escenas que en absoluto tenía olvidadas… Me volví a encontrar en un pueblo donde pasé el mes de agosto. La atmósfera estaba clara y seca, pero la temperatura era fresca; soplaba el viento. El verano se acercaba a su término; pronto nos volveríamos a Moscú; el hastío iba a presentarse de nuevo con las lecciones de francés; ¡qué penoso me sería abandonar el campo!
Me fui detrás de la cerca, donde se alzaban los montones de trigo; luego, después de haber ido hasta el barranco, subí al Losk. Llamábase así entre nosotros a una especie de espesura de arbustos que crecían entre el barranco y un bosquecillo. Me hundí en la espesura cuando oí no lejos de mí, tal vez a una treintena de pasos, hacia el claro del bosque, la voz de un campesino que trabajaba en un campo. Adiviné fácilmente que su trabajo era pesado, que labraba un campo colocado en pendiente, que su caballo avanzaba penosamente… De tiempo en tiempo el grito del campesino llegaba hasta mí: “¡Hue!, ¡Hue!”
Conocía a casi todos nuestros mujiks, pero no podía saber cuál era aquel que entonces labraba. Esto, por otra parte, me era completamente igual; yo estaba hundido en mis pequeñas ocupaciones. Se trataba de cortarme una varita de avellano para ir a molestar a las ranas, y las ramas de avellano eran tan lindas, pero tan poco sólidas… ¡No eran como las del álamo!
Encontré también magníficos escarabajos y abejorros soberbios; recogí de unos y de otros; después, también lagartijas chiquitínas y tan ágiles, rojas y amarillas, adornadas de puntitos negros; pero tenía miedo a las culebras, más raras, por otra parte, que las lagartijas. Había pocas setas, por lo que me disgustó la espesura. En cambio se encontraban muchas bajo los álamos blancos; así es que me decidí en seguida a marchar al bosquecillo, donde no sólo había setas, sino también simientes raras, gruesos insectos y pajarillos; hasta se veían allí erizos y ardillas bajo la hojarasca, cuyos húmedos perfumes tanto me gustaban. AI escribii esto todavía me parece sentir el fresco olor de nuestro agreste bosque de álamos; estas impresiones se conservan toda la vida.
De repente, tras un largo momento de silencio, oí claramente este grito: “¡Al lobo! ” Me sentí presa de terror, lancé yo mismo un grito y corrí hacia el claro para refugiarme cerca del mujik que labraba.
Era nuestro mujik Mareï. Yo no sé si el calendario contiene tal nombre, pero todo el mundo llamaba a aquel campesino Mareï. Era un hombre de unos cincuenta años, alto y robusto, llevando toda su barba rubia muy canosa. Yo le conocía, pero nunca le había aún hablado. Detuvo su caballo al oírme gritar, y cuando estuve cerca de él me agarré con una mano a su arado y con la otra a su manga, viendo que estaba asustado.
—¡El lobo! —grité casi sin aliento.
Alzó la cabeza, mirando por todas partes.
—¿Dónde diablos ves al lobo?
—Alguien ha gritado “¡Al lobo!” hace un instante —balbuceé.
—¡No hay lobo! Has perdido la cabeza. ¿Dónde se vieron nunca lobos por aquí? —dijo para animarme.
Pero todo mi cuerpo temblaba, y me colgué más pesadamente de su manga. Debía estar muy pálido, pues me miró como si se asustase por mí.
—¡Puede uno tener semejante miedo! ¡Ay, ay! —movió la cabeza—. Anda, pues, pequeño; aquí no hay ningún peligro.
Y me acarició la mejilla.
—Vamos, vamos, tranquilízate; ¡haz la señal de la cruz!
Pero yo no podía conseguirlo, y parece ser que las comisuras de mis labios temblaban convulsivamente, habiéndome dicho más tarde que aquello era lo que más le había extrañado.
Alargó cariñosamente su grueso índice, embadurnado de tierra, y rozó muy ligeramente mis temblorosos labios.
—¡En qué estado se pone este niño!
Y sonrió, con una sonrisa casi maternal.
Al fin comprendí que no había lobo a la vista y que había tenido una alucinación al creer oír gritar. Entonces me veía sujeto errores del oído. Aquello se me pasó con la edad.
—¡Bueno! Entonces, ¿puedo irme de aquí? —le dije, mirándolo interrogativamente con los ojos todavía húmedos.
—Sí, vete; yo cuidaré de tí mientras vaya andando. ¡No te entregaré al lobo! —añadió. Y más que nunca experimenté la impresión de que su sonrisa era una verdadera sonrisa de madre—. ¡Anda! ¡Que Cristo vaya contigo! —Hizo sobre mí la señal de la cruz, y él también se santiguó.
Partí, volviéndome cada diez pasos. Veía siempre a Mareï, que me seguía con la mirada, y cada vez me hacía un movimiento de cabeza amistoso. Declaro que ya entonces estaba poco avergonzado de mi miedo. Con todo, aún temía vagamente al lobo. Cuando hube cruzado el barranco, el miedo desapareció bruscamente; mi perro Voltschok saltó hacia mí, viniendo de no sé dónde, y con mi perro me sentí lleno ánimo. De todos modos, aún volví una vez la cabeza hacia Mareï. Desde tan lejos ya no día distinguir los rasgos de su rostro, y, embargo, adiviné que me seguía sonriendo amablemente. Le vi mover la cabeza. Le hice una seña de adiós con la mano, a la cual respondió, y hasta entonces no volvió a ponerse en movimiento con su viejo caballo.
Oí desde lejos su grito: ” ¡Hue! , ¡Hue! ” Y el caballo volvió a tirar del arado.
Me he acordado de todo esto no sé por qué, volviendo a ver todos los detalles con una claridad admirable; pero no hice en aquel tiempo ninguna alusión a mi “accidente” al volver á casa. Pronto ya ni pensaba más en ello; hasta olvidé bastante pronto a Mareï y el servicio que me había hecho. Las raras veces que le volví a encontrar después, no sólo ya no le hablaba del lobo, sino hasta no tuve con él ninguna clase de conversación. Y bruscamente, veinte años más tarde, en el fondo de la Siberia, todo se me representó como si acabase de oír gritar “¡Al lobo!” La aventura se había, en cierto modo, ocultado de mí mismo, para reaparecer cuando esto fuese necesario. Me acordé de todo: de la sonrisa tierna y como maternal del pobre mujik siervo, de sus signos de la cruz, de sus movimientos de cabeza amistosos, que me parecía protegíanme desde lejos. Volvió a sonar en mis oídos aquella frase: “¡En qué estado se pone a los niños!” Y lo que mejor volví a ver fue aquel grueso índice, embadurnado de tierra, con el que tocó de una manera tan acariciadora mis labios, que temblaban. Ciertamente no importa que hubiese tratado de tranquilizar al niño amedrentado; pero allí había otra cosa. Hubiera sido su propio hijo, y no me hubiera mirado con un amor más profundo y más apiadado. ¿Qué le obligaba a amarme? Era nuestro siervo; yo no podía ser para él más que un amo joven; nadie veía su buena acción y estaba seguro de no ser recompensado por ella. ¿Luego amaba tan tiernamente a los niños? ¡Qué dulce bondad casi femenina puede ocultarse en el corazón de un rudo, de un bruto mujik ruso! ¿No era de aquello de lo que hablaba Constantino Aksakov cuando celebraba la “alta cultura” de nuestro pueblo?
Y cuando me levanté de mi camastro, cuando miré en torno mío en aquel presidio, sentí que podía mirar a sus pobres moradores de manera muy distinta que antes. Todo odio y toda cólera salieron de mi corazón. Observé con simpatía todos los rostros que me encontraba. Este mujik degradado, al que la navaja del presidio había dejado sin pelo; este mujik, cuyo rostro llevaba los estigmas del vicio; este borracho que bosteza su canción de borracho obsceno, tal vez es un Mareï. ¿Puedo penetrar hasta su corazón? ¡No! Entonces, ¿por qué había de juzgarlo?
Aquella misma noche volví a encontrar al polaco M…cki. ¡Infortunado M…cki! Evidentemente, no era, como yo, rico en recuerdos donde representaban un papel gentes como Mareï. No podía juzgar a estos tristes mujiks del presidio de modo distinto a como lo había hecho cuando dijo: “¡Odio a esos bandidos! ¡Indudablemente, estos pobres polacos han sufrido más que nosotros!

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Un comentario en “El campesino Maréi, de Fiódor Dostoievski

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