Los 3 libros leídos por el monstruo de Frankenstein

Terminando de leer por segunda ocasión la novela de 1818, Frankenstein o el moderno Prometeo, leído por primera vez hace ya casi 10 años, he confirmado con el paso de los años que es una de mis obras favoritas.

También sé que muy poco se puede agregar a lo ya dicho sobre la obra maestra de Mary W. Shelley, incluso reseñado en su momento aquí, pero no he querido dejar pasar la oportunidad de publicar algo respecto a ella.

Ésta es la opinión de la criatura, demonio, engendro, espectro, o como quieran llamarle, acerca de 3 libros que tuvo la suerte de encontrar en el bosque junto con algo de ropa mientras habitaba a escondidas el cobertizo de la familia De Lacey, quienes sin saberlo le enseñaron a expresarse y reconocer conductas propias del ser humano; pero sobre todo, lo hicieron comprender sentimientos básicos de toda persona: amor, respeto, dolor, placer.

Las desventuras del joven Werther (Johann W. von Goethe, 1774)
…además del interés de su sencilla y emocionante historia, se proponían tantas opiniones y se arrojaba luz sobre lo que hasta entonces habían sido para mí asuntos completamente ignorados, que encontré en este libro una fuente inagotable de reflexión y asombro.  Las costumbres amables y hogareñas que describía, unidas a los delicados juicios y sentimientos que se expresan sin ningún egoísmo, se acomodaban perfectamente a mi experiencia con mis protectores y a las necesidades que siempre habían estado vivas en mi corazón. Pero yo pensaba que el propio Werther era el ser más maravilloso que yo hubiera visto o imaginado jamás. Su carácter no era pretencioso, pero dejó una profunda huella en mí. Las disquisiciones sobre la muerte y el suicidio parecían pensadas para asombrarme completamente. […] Mientras leía, sin embargo, comparaba las historias con mis propios sentimientos y con mi situación. Descubrí que era parecido y, sin embargo, muy distinto a aquellas personas de los libros, de cuyas conversaciones yo era solo un observador. Simpatizaba con ellos y en parte los comprendía, pero mi intelecto aún era inmaduro; yo no dependía de nadie, ni estaba relacionado con nadie. «El camino de mi partida estaba abierto», y no había nadie que lamentara mi muerte. Mi aspecto era repugnante, y mi estatura, gigantesca. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Me hacía aquéllas preguntas constantemente, pero era incapaz de darles una respuesta.

Vidas (Plutarco, 96-117 d.C.)
Este libro tuvo un efecto sobre mí bastante diferente al de las cartas de Werther. De las imaginaciones de Werther aprendí el abatimiento y la tristeza; pero Plutarco me enseñó los nobles ideales: me elevó sobre la miserable esfera de mis propias reflexiones, para admirar y amar a los héroes de las épocas pasadas. […] Adquirí una idea muy confusa de los reinos y de las extensiones de los países, de los poderosos ríos y de los océanos infinitos. […] Leí historias de hombres que se dedicaban a gobernar los asuntos públicos o a masacrar a sus semejantes. Sentí que crecía en mí una gran pasión por la virtud y un aborrecimiento por el vicio, al menos en la medida en que yo comprendía el significado de aquellos términos, relativos únicamente al placer y al dolor, pues en ese sentido los aplicaba.

El paraíso perdido (John Milton, 1667)
…despertó emociones distintas y bastante más profundas. Lo leí, como había leído los otros libros que habían caído en mis manos, como una historia verdadera. Sacudió en mí todos los sentimientos de asombro y veneración que era capaz de despertar la descripción de un Dios omnipotente combatiendo contra sus criaturas. A menudo comparaba distintas situaciones conmigo mismo, porque su similitud me sobrecogía. Como Adán, yo fui creado aparentemente tal y como era, pero no estaba unido por lazo alguno a ningún otro ser vivo; y su situación era diferente de la mía en otros muchos aspectos. Él había nacido de las manos de Dios como una criatura perfecta, feliz, próspera, y protegida por el amor incondicional de su creador. Se le permitía hablar y adquirir conocimientos de los seres de naturaleza superior; pero yo era un desgraciado, y me encontraba indefenso y solo. Muchas veces pensaba que en realidad pertenecía a la estirpe de Satán; porque a menudo, como él, cuando veía la dicha de mis protectores, la amarga bilis de la envidia me invadía por dentro. 

«¡Odioso el día en el que se me dio la vida!» «¡Maldito creador! ¿Por qué diste forma a un monstruo tan espantoso al que incluso tú mismo diste la espalda asqueado? Dios, en su piedad, hizo al hombre hermoso y atractivo. Yo soy más odioso a la vista que las amargas manzanas del infierno al gusto. Satán tenía compañeros, otros demonios que lo admiraban y lo animaban; pero yo estoy solo y todo el mundo me detesta.»

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6 comentarios en “Los 3 libros leídos por el monstruo de Frankenstein

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