Tres Tilos, de Hermann Hesse

Relato escrito en 1912, incluido en el libro Fabulario.

TRES TILOS

Hace más de 100 años, se levantaban en el verde cementerio del hospital del Espíritu Santo, de Berlín, tres magníficos tilos, tan gigantescos, que con las ramas y follajes entretejidos de sus enormes copas cubrían, cual un techo, todo el cementerio. Mas acerca del nacimiento de esos hermosos árboles, nacimiento que se remonta asimismo a cientos de años atrás, la tradición afirma lo siguiente:

Vivían en Berlín tres hermanos, entre los cuales reinaba una amistad y una confianza como muy raras veces es dado ver. Ahora bien, aconteció un día que el más joven de ellos saliera solo una noche a la calle, sin decir nada a sus hermanos, porque iba a encontrarse en una apartada callejuela con una muchacha con la que quería pasear. Pero antes de llegar al lugar convenido, mientras andaba sumido en agradable ensueño, oyó de pronto, proveniente de un rincón que había entre dos casas, lugar oscuro y solitario, un leve quejido y un estertor que lo determinaron a aproximarse al instante a aquél sitio; pensaba que habría allí algún animal o tal vez un niño al que podía haberle ocurrido una desgracia y que esperaba que alguien le prestara ayuda. Cuando entró en medio de las penumbras del apartado lugar, vio con horror a un hombre tendido en el suelo y bañado en su propia sangre; entonces, inclinándose presuroso sobre él, le preguntó, lleno de compasión, qué le había ocurrido; mas la respuesta que recibió, no fue sino un débil gemido acompañado de hipo, pues aquel desdichado tenía una herida de puñal en el corazón, de suerte que al cabo de pocos instantes pereció en los brazos del que había acudido a ayudarlo.

El mozo, que no sabía qué hacer, tomando en cuenta que la víctima ya no daba señales de vida, confuso y desorientado, volvió a la calle con paso inseguro, mas en ese momento se dio de manos a boca con dos guardias que acertaban a pasar por allí y, aun antes de que tuviera tiempo de meditar si los iba a llamar para pedirles socorro o bien si era preferible seguir su camino inadvertido, los dos hombres, notando su turbado aspecto, se le acercaron, vieron inmediatamente las manchas de sangre que llevaba en los zapatos y en las mangas y lo cogieron con fuerza haciendo poco caso de lo que él, con tono suplicante, comenzó entonces a contarles. Al punto encontraron al muerto que todavía no estaba frío, y sin más demora se llevaron al presunto asesino a la cárcel, donde lo pusieron entre hierros y ejercieron sobre él una severa vigilancia.

Por la mañana siguiente, el juez lo sometió a un interrogatorio. El cadáver había sido llevado a aquel lugar y, con la luz del día, el joven vino a reconocerlo como un oficial herrero con el cual él, en otra época, había mantenido ocasionales relaciones de camaradería. Sin embargo, ya había declarado antes que no conocía al asesinado y que no sabía absolutamente nada del muerto, de suerte que de ahora la sospecha de que él lo había matado se fortaleció, y mucho más cuando en el curso del día se encontraron testigo que conocían a la víctima y se dijo que el joven había tenido en otros tiempos amistad con el herrero, pero que a causa de una muchacha, habían reñido y se habían separado.

El juez ya no dudó de que aquel joven era el asesino, y pensó que pronto reuniría pruebas suficientes para condenarlo y entregarlo al verdugo. Cuanto más negaba el prisionero, cuanto más declaraba que no sabía nada, tanto más culpable se lo consideraba.

Mientras tanto, uno de sus hermanos -el mayor había salido el día anterior al campo, a causa de uno negocios- habiendo esperado inútilmente que el joven regresara a la casa, salió a buscarlo. Pero cuando llegó a enterarse en la calle de que su hermano estaba preso y acusado de un asesinato que negaba tenazmente, se fue enseguida a ver al juez de instrucción.

-Señor juez- le dijo, tenéis preso a un inocente. Ponedlo en libertad. Porque, ved, yo soy el asesino. y no quiero que alguien que no tiene culpas, sufra por mí. Yo estaba enemistado con el herrero y ayer por la noche cuando, para satisfacer una necesidad íntima, él se apartó a aquél rincón, yo lo seguí y le hundí el puñal en el corazón.

El juez oyó, lleno de asombro, esta confesión, e hizo que pusieran bajo cadenas a aquel hombre y que lo custodiaran severamente hasta que se aclarar aquel asunto. Y de esta suerte quedaron presos ambos hermanos en el mismo edificio, aunque el menor nada sabía de lo que el otro había hecho por él y continuaba haciendo vehementes protestas de su inocencia.

Pasaron dos días sin que el juez pudiera descubrir nada, y ya se inclinaba a creer que el asesino era el que había declarado tal. Pero entonces volvió el hermano mayor a Berlín, después de haber concluido los negocios que lo habían llamado afuera. No encontró a nadie en su casa, y por los vecinos se enteró de lo que le había ocurrido a su hermano menor y de cómo el segundo se había presentado al juez. Sin esperar a que clareara el nuevo día, fue, y haciendo despertar al juez, se arrojó de rodillas a sus plantas y le dijo estas palabras:

-Noble juez, tenéis presos a dos inocentes que quieren pagar mi culpa: Ni mi hermano menor ni el otro pudieron dar muerte al herrero, pues fui yo quien cometió el crimen. Ya no puedo soportar por más tiempo, que otros, que ninguna culpa tienen, estén presos por mí. Por eso os ruego encarecidamente que los dejéis en libertad y que me apreséis a mí, porque estoy dispuesto a expiar con mi vida el crimen.

El juez se quedó aún más perplejo de lo que ya estaba y no se le ocurrió hacer otra cosa, que poner en cadena también al tercer hermano. Mas por la mañana temprano, el carcelero, al alcanzar al hermano menor a través de la abertura de la puerta la ración de comida, le preguntó:

-En verdad, quisiera yo saber ahora quién de vosotros tres es realmente el asesino.

Y por más que rogó y preguntó el joven, el guardia no quiso decir más nada, por lo que aquel dedujo, de todos modos, que sus hermanos habían acudido para ofrecer la vida en lugar de la suya. Al comprenderlo estalló en amargo llanto y exigió vehementemente que lo llevaran enseguida a presencia del juez, y cuando estuvo frente a éste, le dijo con los ojos llenos de lágrimas:

-¡Oh, señor!, perdonadme que os haya hecho demorar tanto tiempo el procedimiento. El caso es que yo pensaba que nadie había visto mi acción y que nadie podría demostrar mi culpa. Pero ahora todo bien conozco que todo ha de seguir el camino justo y no puedo hacer ya ninguna resistencia, por lo que confieso que en verdad fui yo quien dio muerte al herrero y que, por lo tanto, soy yo el que tiene que pagar con su pobre vida ese crimen.

El juez, abriendo grandes ojos, creyó que estaba soñando. Su suspensión no reconocía límites; aquel singular asunto ya comenzaba a inquietarlo seriamente. Ordenó que devolvieran al prisionera a su celda, que lo custodiaran bien, así como a sus dos hermanos, y se sumió largo tiempo en honda meditación, pues bien comprendía que solo uno de los tres hermanos podía ser el asesino y que los otros, únicamente por nobleza de ánimo y por raro amor fraternal, se habían ofrecido al verdugo.

Mas sus meditaciones no lo llevaron a ninguna conclusión, y entonces comprendió que no llegaría a solución alguna por los medios habituales de los hombres. Por eso, al día siguiente, dejando bien custodiados a los prisioneros, se presentó ante el príncipe elector, a quien refirió prolijamente todo el notable asunto.

El príncipe elector lo escuchó con la mayor admiración y cuando el juez terminó de hablar, dijo:

-Es este un caso singularísimo. Creo de corazón que ninguno de los tres cometió el asesinato, ni siquiera el menor a quien agarraron vuestros guardias cerca del lugar del crimen, sino que es cierto cuanto dijo al principio. Mas, puesto que se trata de un delito cometido contra la vida de un semejante, no cabe tampoco poner en libertad, sin más ni más a los sospechosos. Por eso quiero que Dios mismo sea el juez de estos tres fieles hermanos, que pronuncie Él el juicio definitivo.

Y así, en efecto, se puso por obra. En un hermoso día de primavera, cálido y luminoso, los tres hermanos fueron sacados de la cárcel y llevados a un terreno verde de hierbas. A cada uno se le dio un arbolito joven de tilo que debía ser plantado. Pero se les indicó que no lo plantaran por las raíces, sino que introdujeran en la tierra las verdes copas, de suerte que las raíces quedaran mirando al cielo; ahora bien, aquel a quien perteneciera el arbolillo que primero se secara o muriera, sería considerado el asesino, y como tal, juzgado.

Los tres hermanos hicieron lo que se les había dicho; cada uno hundió cuidadosamente en la tierra su arbolillo por la parte de las ramas. Y no pasó mucho tiempo sin que los tres árboles comenzaran a brotar y a echar nuevos tallos y ramas, como señal de que los tres hermanos eran inocentes. Y aquellos tilos continuaron creciendo, y se hicieron muy grandes y duraron cientos de años en el cementerio del hospital del Espíritu Santo, de Berlín.

Anuncios

5 comentarios en “Tres Tilos, de Hermann Hesse

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s