Especial Vampiros: #5 Obras fundamentales

Después de una semana especial dedicada al mito del vampiro, en donde hemos conocido su impacto en diferentes culturas a todo lo largo y ancho de este mundo, casos documentados con testigos respetables que no hacen si no dar peso al asunto; así como la morfología propia del vampiro, y su evolución según los tiempos y los lugares. También se presentó un muy pequeño pero concreto recorrido por la literatura vampírica, pasando por los esbozos que insinuaban a un no muerto, y que tanta influencia tuvieron en posteriores escritos, en un siglo, el XIX, en donde cambió por completo el concepto de belleza, extendiéndola hacia rincones oscuros en donde se descubrió que también manaba parte de ella.

Para cerrar esta semana que en lo personal he disfrutado mucho, pues el tema me es apasionante e intrigante, no me queda más que recomendar algunos relatos que en mi opinión dejaron una marca que ni siquiera el paso del tiempo ha podido borrar, una marca tan perdurable como la mordedura de un vampiro.

Dejaré a un lado los títulos más populares como Drácula y Carmilla, para nombrar aquéllos que les anteceden y fungieron como base para la amplia literatura vampírica que tenemos hoy en día.

No despertéis a los muertos (ca. 1800), Johann Ludwig Tieck.
Escrito en Alemania a principios del siglo XIX, No despertéis a los muertos es un cuento atribuido a Ludwig Tieck, cuyo argumento desarrolla el tema ya esbozado por Goethe en La novia de Corinto. El insólito frenesí de Walter, su protagonista, primero consumido por la pasión, luego por el dolor y más tarde por la culpa cuando logra resucitar a su amada de la muerte para seguir gozando ciegamente de ella, no debió de dejar indiferente a sus primeros lectores. En su argumento encontraban descrita por primera vez la fascinación más extrema por el lado más tenebroso del erotismo, cuyo último paso se consuma a través de la muerte.

El vampiro (ca. 1819), John William Polidori.
Debemos al doctor John William Polidori (1796-1821) el primer esbozo de lo que será la imagen clásica del vampiro literario: la del aristócrata elegante, frío, perverso y enigmático, pero, sobre todo, fascinante para las mujeres; en suma, todo lo contrario de lo que en realidad era el pobre “Polly-Dolly”, como solía llamarle malévolamente lord Byron, el auténtico inspirador de su lord Ruthven. Este relato, denostado por no pocos escritores y críticos, sigue siendo, a pesar de todo, la historia de terror que más influencia ha ejercido sobre las letras inglesas.

La muerta enamorada (1836), Théophile Gautier.
En 1820, la influencia de la novela gótica inglesa pone de moda en París el romanticismo frenético. En ese mismo año se publica la primera novela francesa de vampiros: Lord Ruthven ou les vampires, de Cyprien Bérard. La fiebre vampírica también contagió a Merimée; en 1827 hará su propia aportación original al escribir su cuento La Guzla. Pero Francia no imprimirá una huella literaria memorable en este terreno hasta que el vampiro no cambie de sexo y aparezca, en 1836, La Morte Amoureuse de Gautier, una de las obras preferidas de Baudelaire.

La familia del vurdalak (ca. 1840), Alexei Tolstoi.
La obra del conde Alexéi Konstantinovich Tolstói, primo del autor de Ana Karenina, duerme, como tantas cosas, en la ingrata penumbra del olvido, de cuya gigantesca sombre puede decirse que sólo ha logrado escurrirse este sobrio relato onírico, descubierto por la crítica francesa en 1950.
La familia del vurdalack se escribió en francés alrededor de 1840, cuando Alexéi leía con deleite las novelas góticas inglesas. Sin embargo, no fue publicado en Rusia hasta 1883, debido al recelo que causaba en los periódicos rusos un tema tan ajeno y sospechoso para el mundo literario oficial. Inspirado en el tratado de Calmet y en las supersticiones populares de su país, su cuento es la variante más lejana y primitiva del vampiro literario del siglo XIX. Nada más lejos de la estilización romántica europea de la época que este enorme y bestial vurdalak, surgido de las supersticiones ancestrales. Por eso mismo, es una de las historias más impresionantes de esta antología: el terror primitivo que emana toda su atmósfera devuelve al lector al pánico supersticioso de nuestros antepasados.

Varney, el vampiro (1847), James Malcolm Rymer.
Varney, el vampiro o la fiesta de la sangre, la voluminosa novela del escritor e ingeniero escocés James Malcolm Rymer, nada menos que 868 páginas a doble columna, divididas en 220 capítulos. Una incansable repetición de historias húmedas y sangrientas con todos los excesos más kitsch de la novela gótica: noches frías y oscuras, viento ululante, gritos exasperados, puñaladas, disparos, histéricos designios y un sinfín de exclamaciones en escenas llenas de sangre y muerte, moduladas de vez en cuando por una extensa gama de fantasías eróticas. Sir Francis Varney es matado a lo largo de la novela de todas la maneras imaginables, incluida la estaca, pero todo es en vano: siempre resucita a la luz de la luna, ávido de morder el cuello y sorber más sangre de alguna nueva víctima de cabellos revueltos.
Sólo los interminables sueños de un cínico y reprimido victoriano pudieron alcanzar los efectos deseados en el inconsciente de una sociedad acostumbrada a ocultarse en la más severa hipocresía. La mezcla explosiva entre el misterioso magnetismo sexual que irradia Varney junto al atractivo de su distinción villana se apoderó de los lectores de su tiempo, y desde su publicación en 1847, fue durante quince años un sólido best-seller de la editorial Lloyd. Hoy es un libro que ya no existe en las librerías inglesas. Pero, al margen de sus escasas virtudes literarias, Varney the Vampire or the Feast of Blood es una pieza fundamental en el desarrollo del cuento de vampiros.

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Con esto concluye esta semana dedicada al genial mito del vampiro, eterno. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo.

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